jueves, 13 de octubre de 2016

El San Miguel

El San Miguel es un colegio chico pero con carácter. Fue fundado en 1913 por la Congregación de los Misioneros de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora de Lourdes, mejor conocidos entre nosotros como los Padres Lourdistas. La congregación vino de Francia y fundó en la provincia de Tucumán el tradicional Colegio del Sagrado Corazón donde se educó la aristocracia tucumana durante todo el siglo XX. El colegio que fundaron en Buenos Aires fue siempre más sencillo. Con un edificio más chico y menos alumnado, el San Miguel era un discreto colegio parroquial en los confines de Barrio Norte. 

Ir un colegio "Lourdista" significaba en la Buenos Aires de principios y mediados del siglo pasado, que los alumnos tuvieran de profesores en casi todas las materias a sacerdotes franceses que invariablemente manejaban el nivel de español que alcanzaron a aprender luego de seis meses viviendo en el país. Esto es que, aunque ya llevaran más años viviendo en la Argentina que en Francia, su dominio del español jamás superaría el cenit lingüístico del recién llegado. Esto traería sus complicaciones pedagógicas e incluso espirituales, sobretodo en una época en que la misa y comunión semanal eran obligatorias y la tarea de confesarse con un extranjero -casi siempre de alguna zona rural de Francia- acostumbrado a absolver rústicos pecados de los campesinos habrá supuesto para los señoritos de Barrio Norte un choque de civilizaciones y una fuente inagotable de anécdotas socarronas.

Los franceses le imprimieron su personalidad al colegio, al menos en la primera etapa. Aunque aún quedan como testigos mudos de ése pasado el escudo con la flor de lis y la bandera de Francia que acompaña a la argentina y a la papal en los actos importantes. La etapa francesa del colegio podríamos decir que duró hasta que se fue el Padre Bernard, el último Lourdista, a mediadios de los noventa -creo-, y el Arzobispado reemplazó a la Congregación al mando del "Sanmi". 
En este colegio donde era normal que los alumnos sean hijos de ex alumnos y donde, hasta a mí me tocó tener profesores que habían sido también alumnos del San Miguel, uno siempre tenía acceso de primera mano a la historia oral del colegio y de esas épocas de curas que jugaban al futbol con sotana y que ofrecían dirimir las discusiones con guantes de boxeo. 
Todos los hijos de ex alumnos escuchamos hablar del temible padre Artiguebielle, prefecto de disciplina y veterano de la segunda guerra mundial que había soportado torturas y combatido en el frente, y que yo conocí allá por el 2000, una mañana que llegó de visita al colegio: un vasco con físico de vasco, o sea un cuadrado perfecto de un metro sesenta de base por un metro sesenta de altura, una nariz donde cabía todo el aire puro de los pirineos y una boina que parecía usar desde el vientre materno. El padre Marqué fue otro de estos sacerdotes-soldados que vió pasar el colegio, veterano de la segunda guerra mundial. El más conocido fue el padre Fontaine, veterano de la primera y de la segunda guerra mundial. Cuentan que cuando murió, ya muy anciano, en el colegio se hicieron el velorio y la misa exequial a la que asistieron el embajador de Francia con la guardia militar de la embajada que llevó el cajón y un soldado que lo seguía detrás exhibiendo en un cojín de terciopelo todas las medallas que había ganado en batalla. Hoy una lápida desgastada de la Parroquia del Santísimo Redentor, muestra el lugar donde fue enterrado.

viernes, 30 de septiembre de 2016

La muerte del profesor

El pasado 5 de septiembre murió Osmar Comisso, eterno profesor de catequesis del Colegio San Miguel. Tipo gaucho en todo el sentido de la palabra, supo hacerse querer pese a que su materia no era la más valorada por el alumnado. 
Siempre me llamó la atención el lugar que ocupa en la currícula de los colegios católicos la asignatura "Religión" o "Catequesis". Pasé por 4 colegios católicos y nunca en mi vida tuve más que dos horas de clase (80 minutos) por semana de Catequesis, a veces menos. Raro, tratándose de colegios cuya principal característica es la de ser institutos religiosos con nombre de Santo y todo. Es como ir a una escuela técnica, pongamos por caso el Otto Krause, y tener más horas de gimnasia que de Electrónica. Si la finalidad de una escuela técnica es que los alumnos egresen con la capacidad de desempeñarse como técnicos matriculados, es lógico que una parte importante de la cursada se avoque a las materias específicas. Del mismo modo, uno creería que los colegios católicos, después de 12 años desde primer grado de primaria hasta el último año de la secundaria, vuelcan a la sociedad camadas de chicos cristianos, o al menos de no practicantes que conocen a fondo la religión que decidieron abandonar. 
No suele ser el caso. 

En fin, cuenta la leyenda que el padre de Comisso era un italiano que emigró a la Argentina y se instaló en Chacabuco donde trabajaba de simple peón en un campo. Hombre humilde y provinciano el padre de Osmar era un católico convencido y muy preocupado por criar a sus hijos -que fueron como una decena- en la Fe y los valores aprendidos. El azar quiso que un buen día el almacenero del pueblo se quedara sin cambio y Don Comisso tuviera que aceptar en pago algo que le remordió la conciencia: un billete de lotería. El italiano era honrado y trabajador, jamás había apostado en toda su vida y eso de andar gastando plata en timbas era una transgresión que no se hubiera permitido nunca. Con resignación aceptó el billete de lotería y habrá abandonado el almacén pensando que ése papel no servía ni para armarse un negro y que tal vez hubiese sido mejor pedirle al almacenero un atado de cigarrillos, antes que el taloncito con el sello de la Lotería. 
Como no podía ser de otro modo, el tano que desaprobaba los juegos de azar y había escondido la papeleta en el bolsillo con un poco de culpa y bastante vergüenza, terminó ganando la lotería. Con las ganancias Comisso compró un campo donde llegó a tener un tambo propio, y sus descendientes aún producían un dulce de leche que muchos alumnos de Osmar llegamos a probar en esas pocas horas de clase semanales que teníamos con él y nos convidaba galletitas con dulce de leche que él mismo untaba y nos repartía mientras trataba de explicar a su modo que existe un Dios, una muerte, un cielo y un infierno y que estas cosas gravísimas de algún modo extraño debían ser creídas con esperanza. 

Ahora que soy un treintañero con hijos y la gente me dice señor por la calle, a veces pienso qué nos habrán dejado esas poquitas horas de catequesis que teníamos con Comisso. Incluso después de egresados siempre lo recordamos como un histórico del colegio, todos guardamos alguna frase campechana que nos hizo reír, algún memorioso recordará haber hecho su confirmación el día que murió su mujer y qué raro habrá sido la ceremonia sin él. Ése día Osmar empezó a envejecer al ritmo que el mundo a su alrededor, el colegio, las familias y los chicos ya empezaron a serles todavía más distintos. Yo no volví nunca más al colegio, hice mi vida y me dejé de ver con casi todos mis compañeros, pero la noticia de su muerte me transportó en un segundo al "Sanmi", a las rondas de galletitas con dulce de leche y al abrazo fortísimo -con mejillas mojadas- que nos dio a cada uno cuando murió nuestro compañero de quinto año. En ése breve momento estuve seguro que una parte de nuestra vida dejó de ser recuerdo y pasó a ser historia.
Adiós profesor!